lunes, 14 de julio de 2014

Come back. Even as a shadow, even as a dream.

El secreto en su reflejo

   La furia de sus ojos se veía reflejada en su totalidad. Brillaban llorosos, oscuros. Vacíos, pero llenos de ira, de necesidad. Seguía tratando de encontrar ese algo que tanto estaba buscando. Sus pupilas se dilataban al ritmo de las agujas del reloj, ese que estaba en su mente y le decía, con cada tick-tack, que el tiempo se le estaba acabando. Sus dientes rechinaban y de su garganta salían gemidos extraños, de horror, tal vez, o de enojo, o tristeza, o soledad. El espejo le mostraba en detalle los resultados de su eterna lucha, aquella que venía cargando desde la muerte de su madre, y que le había consumido la vida con dudas y falsas especulaciones. Sus ojeras, que como tenebrosos y profundos pozos enmarcaban su mirada sepulcral, databan de las noches de insomnio y las pesadillas.
   Su madre le había contado alguna vez la historia de un rey sin alma, que más que vivir, moría. “¿Qué es el alma, mami?”, le había preguntado, curiosa. “Es eso que tenés adentro”, respondió. El resto de su vida fue una secesión de acontecimientos horrorosos y confusos que mejor no recordar. Pero para ella era imposible. En su memoria quedaba lugar sólo para aquellos gritos de dolor, esos llantos desesperados, esas imágenes del cuerpo de su madre, frío, quieto, blanco. Cada noche, en sus sueños (que al principio eran pesadillas, pero que luego fueron haciéndose rutina) recordaba sus palabras. Quería abrazarla, decirle cuánto la amaba y  extrañaba. Pero ya era tarde.
   Nunca se lo había dicho, nunca se lo había demostrado. “Yo te amo, hija”, y ella no le había respondido. Sus manos se encontraban contraídas en unos puños asesinos, sus ojos no se alejaban de su reflejo. ¿Por qué no podía ver nada? ¿Acaso era necesario terminar como su madre para lograr su objetivo? No quería hacerlo, no quería morir. Quería verla, conocerla. Sabía que existía pero sus ojos nunca se encontraron con su figura.
   “Yo me voy, querida, pero mi alma se queda con vos. Se queda con vos, ella me deja para quedarse con vos”. Ya ni siquiera podía hablar, pero le había dicho eso. “¿Qué es el alma? Es eso que tenés adentro.” Pero todavía no entendía. Seguía buscándola, en su cuarto, en su ropa, en su cabello, en sus ojos. Quería verla en sus ojos, quería ver su alma. Pero el espejo no le mostraba más que una cara demacrada cubierta de lágrimas negras.
   Se estaba dando por vencida. Tal vez no tenés alma. Tal vez sos como el rey, y por eso te estás muriendo. Tal vez desperdiciaste tu vida buscando algo que no está, ni aquí ni allá. Pero no, no iba a ser tan cobarde.
   No iba a ser tan cobarde.
   Agarró el cuchillo. Sus manos temblaban tanto que pensó que no iba a poder sostenerlo. Pero aún más le costó levantarlo, era como si una fuerza se opusiera a su liberación. Lo llevó hasta su cuello. Seguía mirando a sus ojos reflejados, todavía tenía una esperanza. Nada. Es hora. Lo apoyó contra su piel, estaba tan frío que tuvo que estremecerse. Tan frío como su madre. Otra vez esa imagen. Pero ahora estaba decidida a no verla más. Lo deslizó rápido y sintió un dolor inmenso. Luchó en una pelea que pareció eterna y, por fin, cayó.

   La sangre había inundado el piso de aquel baño. Su cuerpo se parecía al de una muñeca de trapo, débil, blando, sin vida. Todo estaba quieto y tranquilo. Lo había logrado, había liberado su alma, que ahora estaba reflejada en el espejo como si fuera su propia imagen. Pero ella nunca entendió que su alma era ella misma, nunca supo que la había visto morir y que desde ese día había estado vagando por las calles de aquella ciudad, buscando cuerpos en los que habitar.
Todos tienen ese alguien. El que disfruta de verlos dormir, de escucharlos cantar, de hacerlos reír. Todos tienen ese alguien que les da todo sin pedir nada a cambio, que les compra chocolates y les dedica canciones. Todos tienen a ese alguien que llega de la nada y transforma sus vidas, que, sin pensarlo, se convierten en su todo. Todos tienen a ese alguien, menos yo.
Y es que tengo que preguntar, ¿cuándo va a llegar? Porque estoy cansada de esperarlo, sin tener ni una certeza de que en realidad exista. Y me da miedo ir a buscarlo, que esté lejos. Pero más me atemoriza que esté acá, cerca, y que yo no lo pueda ver. Que sea igual a mí y tema acercarse. Que se niegue a buscarme.