La furia de sus ojos se veía reflejada en su
totalidad. Brillaban llorosos, oscuros. Vacíos, pero llenos de ira, de
necesidad. Seguía tratando de encontrar ese algo que tanto estaba buscando. Sus
pupilas se dilataban al ritmo de las agujas del reloj, ese que estaba en su
mente y le decía, con cada tick-tack, que el tiempo se le estaba acabando. Sus
dientes rechinaban y de su garganta salían gemidos extraños, de horror, tal vez,
o de enojo, o tristeza, o soledad. El espejo le mostraba en detalle los
resultados de su eterna lucha, aquella que venía cargando desde la muerte de su
madre, y que le había consumido la vida con dudas y falsas especulaciones. Sus
ojeras, que como tenebrosos y profundos pozos enmarcaban su mirada sepulcral,
databan de las noches de insomnio y las pesadillas.
Su madre le había contado alguna vez la
historia de un rey sin alma, que más que vivir, moría. “¿Qué es el alma,
mami?”, le había preguntado, curiosa. “Es eso que tenés adentro”, respondió. El
resto de su vida fue una secesión de acontecimientos horrorosos y confusos que
mejor no recordar. Pero para ella era imposible. En su memoria quedaba lugar
sólo para aquellos gritos de dolor, esos llantos desesperados, esas imágenes
del cuerpo de su madre, frío, quieto, blanco. Cada noche, en sus sueños (que al
principio eran pesadillas, pero que luego fueron haciéndose rutina) recordaba
sus palabras. Quería abrazarla, decirle cuánto la amaba y extrañaba. Pero ya era tarde.
Nunca se lo había dicho, nunca se lo había
demostrado. “Yo te amo, hija”, y ella no le había respondido. Sus manos se
encontraban contraídas en unos puños asesinos, sus ojos no se alejaban de su
reflejo. ¿Por qué no podía ver nada? ¿Acaso era necesario terminar como su
madre para lograr su objetivo? No quería hacerlo, no quería morir. Quería
verla, conocerla. Sabía que existía pero sus ojos nunca se encontraron con su
figura.
“Yo me voy, querida, pero mi alma se queda
con vos. Se queda con vos, ella me deja para quedarse con vos”. Ya ni siquiera
podía hablar, pero le había dicho eso. “¿Qué
es el alma? Es eso que tenés adentro.” Pero todavía no entendía. Seguía
buscándola, en su cuarto, en su ropa, en su cabello, en sus ojos. Quería verla
en sus ojos, quería ver su alma. Pero el espejo no le mostraba más que una cara
demacrada cubierta de lágrimas negras.
Se estaba dando por vencida. Tal vez no tenés alma. Tal vez sos como el
rey, y por eso te estás muriendo. Tal vez desperdiciaste tu vida buscando algo
que no está, ni aquí ni allá. Pero no, no iba a ser tan cobarde.
No iba a ser tan cobarde.
Agarró el cuchillo. Sus manos temblaban
tanto que pensó que no iba a poder sostenerlo. Pero aún más le costó
levantarlo, era como si una fuerza se opusiera a su liberación. Lo llevó hasta
su cuello. Seguía mirando a sus ojos reflejados, todavía tenía una esperanza.
Nada. Es hora. Lo apoyó contra su
piel, estaba tan frío que tuvo que estremecerse. Tan frío como su madre. Otra
vez esa imagen. Pero ahora estaba decidida a no verla más. Lo deslizó rápido y
sintió un dolor inmenso. Luchó en una pelea que pareció eterna y, por fin,
cayó.
La sangre había inundado el piso de aquel
baño. Su cuerpo se parecía al de una muñeca de trapo, débil, blando, sin vida. Todo
estaba quieto y tranquilo. Lo había logrado, había liberado su alma, que ahora
estaba reflejada en el espejo como si fuera su propia imagen. Pero ella nunca
entendió que su alma era ella misma, nunca supo que la había visto morir y que
desde ese día había estado vagando por las calles de aquella ciudad, buscando
cuerpos en los que habitar.
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