A veces siento voces en mi cabeza. Cada vez que me siento a comer, cada vez que me miro al espejo, cada vez que me mido ropa en el probador de alguna tienda. Lo único que hacen es recordarme mis errores, una, y otra, y otra vez. Pero no son voces ajenas, es mi voz. Como intentando torturarme, me agarran de los pies y me arrastran a la más profunda oscuridad. Me llevan a ese maldito lugar al que nunca quise llegar. Y empiezo a arrepentirme. Lloro, empiezo a llorar. Pero de nada sirven las lágrimas (créanme, de nada) una vez que te perdiste en el camino, así como no sirve querer despertar cuando lo que estás viviendo no es un sueño.
¿Y si ya es demasiado tarde? ¿Y si ya estoy
tarde.
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